Hubo un tiempo en que el hombre no era un
gigante. Era un enano. Impotente ante la naturaleza, tenía tan poca libertad
como cualquier animal salvaje o como cualquier ave montaraz.
Es muy cierto que nadie vio nunca un pájaro carpintero
encadenado a un árbol o una ardilla salvaje encerrada en una jaula.
Nadie vio eso nunca y nadie lo vera jamás,
porque la jaula y la cadena son invisibles.
El hombre, también, vivía dentro de una jaula
invisible y estaba sujeto por una cadena igualmente invisible.
Si fuera “libre” un pájaro podría volar a
donde se le ocurría y vivir donde quisiera, y eso es lo que precisamente no
sucede, Traten nada mas de llevar a un pájaro carpintero a una pradera sin
arboles. Moriría porque solo puede vivir donde hay arboles.
Por donde quiera que ustedes pasen en los
bosques van pasando por estas murallas invisibles.
En las tierras bajas húmedas se encuentran
abetos de copas frondosas que parecen blandos lechos de plumas, mas arriba, en
las laderas arenosas, se hallan arboledas de verdes pinos musgosos junto con
abundantes arbustos de arándano y gaguba. Mas arriba aun, en las cumbres
arenosas, se encuentran los blancos pinos musgosos, y en los parajes húmedos
vemos de nuevo praderas pobladas de hierbas.
Sin saberlo atravesaron ustedes tres murallas
que separaban a cuatro pequeños mundos. Pasaron por cuatro jaulas diferentes,
cada una de las cuales encerraba a sus prisioneros.
Cada bosque es como una jaula. Y estas
grandes jaulas están divididas en pequeños corrales y celdas. Por ejemplo,
todos los bosques tienen varios pisos diferentes, igual que una casa grande de
apartamentos. Hay bosques de dos, de tres y hasta de siete pisos.
Cada uno de estos pisos tienen sus propios
inquilinos: animales salvajes y aves silvestres. Los del piso superior son
calientes, secos, claros. Los de la planta baja son oscuros, húmedos y fríos.
La gente cambia con frecuencia de
apartamentos y se muda de una casa para otra, de un piso para otro. Pero en los
bosques los inquilinos de un piso no pueden cambiar apartamentos con los
inquilinos de otro piso, porque como ustedes ven, en los bosques no hay
inquilinos sino prisioneros. Sus viviendas no son apartamentos son calabozos.
Cada uno de ellos esta atado a su propio
bosque especial, mantenido en su propio piso especial mediante una cadena que
no es fácil de romper.
Un pájaro carpintero no sabría que hacer en
el suelo. Durante periodos de días enteros se esta moviendo alrededor del
tronco de algún abeto o de un abedul. ¿Qué esta picoteando allí? ¿Qué es lo que
busca?
Si ustedes arrancaran la corteza de un abeto verían
caminitos quebrados cavados alrededor del tronco precisamente debajo de la
corteza. Los hizo un gusanito, un parasito del abeto, el gorgojo del abeto.
Cada camino termina en un hoyito en forma de cuna y en esta cuna la larva del
gorgojo se transforma primero en crisálida y después en gorgojo. Este gorgojo
esta adaptado al abeto y el pájaro carpintero esta adaptado al gorgojo. El
pájaro carpintero tiene la lengua larga y flexible, la cual puede introducirse
en esos hoyitos ocultos, por mas escondidos que estén, y sacar la larva del
gorgojo.
Aquí tenemos una cadena de tres eslabones:
abeto-gorgojo-pájaro carpintero. Los científicos llaman a esas cadenas “cadenas
de alimentos”. Todos los prisioneros del bosque están unidos por esas cadenas
de alimentos.
En el mundo hay cerca de un millón de clases
diferentes de criaturas vivientes, cada una de las cuales viven en su propio
pequeño mundo, al cual se ha adaptado. Algunas viven en el agua, otras en las
tierra seca. Unas no pueden soportar la luz y a otras no les gusta la
oscuridad. Algunas se entierran en la arena candente, otras solo pueden vivir
en un pantano. Donde para algunas esta colocada el aviso de “¡Prohibido el Paso!”,
encuentran otras el rotulo que dice “Entrada”.
En el mundo no hay un solo sitio libre, un
solo sitio donde no haya penetrado la vida. Una clase de vida puede no prosperar
donde otra puede. En los polos y en el ecuador, en las cumbres de las montañas
y en el fondo del mar, donde quiera hay seres vivientes cuyos hogares están
allí, y que no podrían vivir en ninguna otra parte.
Sólo hay un lugar en el mundo donde ustedes
pueden ver animales de todas las latitudes, animales de las praderas y de los
bosques, viviendo a pocos pasos de otros. Ese lugar es un jardín zoológico.
Pero no se reunieron allí espontáneamente.
Fue el hombre quien los reunió.
A cada animal hay que crearle un ambiente tan
parecido como sea posible al que esta acostumbrado, si no morirán.
¿Qué clase de animal es el hombre?
El hombre vive en todas partes. Difícilmente
hay un lugar en el mundo donde el no haya penetrado; ha subido a las cimas de
las montañas mas altas, se ha aventurado hasta el fondo del mar, ha cruzado el
desierto de Sahara, ha explorado las inmensidades heladas del ártico, ha bajado
a las entrañas de la tierra y se ha remontado a la estratósfera.
Pero no siempre fue así. Eso no sucedía en
aquellos días en que el hombre no era tan libre ni tan poderoso como lo es ahora.
Hace millones de años, en lugar de los
bosques de roble, de álamo, de haya como los que tenemos hoy, los bosques eran
del todo diferente. Estaban llenos, además, de animales de especies enteramente
diferentes, y de diferentes clases de arbustos, hierbas y helechos.
Nuestros progenitores vivían, como el pájaro
carpintero, en los pisos más altos del bosque. Estas criaturas, que debían
transformarse en hombres, caminaban por las ramas de los arboles como si estas
fueran puente, galerías y balcones a muchos metros del suelo. El bosque era su
hogar.
El bosque era su fortaleza, en lo alto, entre
las ramas, se ocultaban de su mortal enemigo, el tigre de dientes como sables o
de colmillos como puñales.
El bosque era su almacén. Arriba, entre las
ramas, había depósito de frutas y nueces que constituían su alimento.
Pero para subir a la azotea del bosque,
tuvieron que adaptarse a él, llegar a ser tales que pudieran agarrar fácilmente
las ramas, correr con paso firme por los troncos de los árboles, saltar de uno
a otro árbol, coger el fruto y arrancarlo, romper las nueces. Debían tener dedos
prensiles, vista penetrante, dientes fuertes.
Nuestro antepasado estaba encadenado al
bosque no por una cadena, sino lo menos por tres, y no solamente al bosque sino
al piso más alto de la selva. ¿Cómo se atrevió este animal selvático a
aventurarse de su jaula a traspasar los confines del bosque?
Vamos a relatar la vida y las aventuras del
hombre. Un relato acerca de los remotos antepasados de nuestro héroe, acerca de
sus parientes más cercanos, de su primera aparición en la tierra y de cómo
aprendió a caminar, a hablar, a pensar; un relato de sus luchas para vivir, de
sus tristezas y de sus alegrías, de sus victorias y derrotas.
Para empezar tropezamos con las más serias
dificultades.
¿Cómo podemos describir a la abuela, a la
abuela mona de quien el es un descendiente directo, no disponemos de retratos
de ella por la muy sencilla razón de que, como ustedes saben, los monos no
saben dibujar.
Estamos acostumbrados a ver a las abuelas sin
dientes. Ahora tenemos el caso de los dientes sin la abuela.
En el momento en que el hombre, desde hace
mucho tiempo, ha abandonado las selvas tropicales y se yerguen sus pies, sus
parientes más cercanos los gorilas, chimpancés y los orangutanes permanecen
todavía como animales salvajes en la selva. El hombre es un poco renuente a
pensar en su humilde parentela. Hasta trata, algunas veces, de rechazar su
parentesco.
¿Puede un chimpancé aprender a caminar, a
hablar, a pensar y a trabajar como ser humano?
No y es fácil ver por que. Un chimpancé esta
formado de manera muy diferente a un ser humano. Sus manos son diferentes. Sus
pies y piernas también. Igualmente su cerebro. Su lengua es diferente.
Observen la boca de un chimpancé… pero con
cuidado porque muerden duro. Verán que en su boca no hay espacio para que la
lengua se mueva mucho. Y el poco espacio que hay esta ocupado por sus grandes
dientes.
Este solo hecho de que no haya espacio en su
boca para que la lengua se mueva libremente, hace imposible que aprendiera a
hablar alguna vez. Cuando un ser humano habla, su lengua tiene que ejecutar la
más complicada gimnasia: arquearse, sacudirse, pegarse contra el paladar,
retroceder para dejar que el sonido salga de la garganta, y viceversa,
adelantarse y pegarse contra los dientes superiores. Tiene que haber espacio
para todas estas acrobacias y el chimpancé tiene muy poco lugar libre en la
boca.
También es completamente imposible para un
chimpancé trabajar con las manos como lo hace en ser humano, porque son
completamente diferentes de las manos del hombre. El pulgar de un chimpancé es más
pequeño que su dedo meñique. No esta tan distante a un lado como en nuestras
manos, y el pulgar es precisamente el más útil de los cinco dedos. Es el
capataz de esa brigada de cinco obreros que llamamos manos. Por eso nuestras
manos pueden coger con tanta habilidad muchas clases diferentes de
instrumentos.
La mano de un chimpancé se parece más el pie
de un hombre. Cuando quiera arrancar alguna fruta de un árbol, el chimpancé
generalmente se mantiene sobre la rama con las manos y agarra la fruta con un
pie. Y cuando camina sobre el suelo se apoya con las manos. Es decir, utiliza a
menudo los pies como manos y las manos como pies.
Cuanto trabajo supone ustedes que podría
realizar un ser humano si tratara de hacer con los pies lo que hace con las
manos y viceversa?
Pero hay todavía algo más importante. Olvidan
que el cerebro de un chimpancé es mucho más pequeño y tiene un número menor de
circunvoluciones que el cerebro humano. Por esta sola razón, es imposible
enseñar a un chimpancé a pensar como un ser humano.
Sin embargo, el chimpancé es lo bastante
inteligente y este bastante bien formado para llevar su vida en sus madrigueras
nativas, en el bosque.
Si un chimpancé no puede abandonar el bosque¿como
fue que su pariente, el hombre, pudo salir de allí?
Ni siquiera hoy es fácil para un ser humano
aprender a caminar. Pero los meses que necesita un niño para aprender a caminar
son nada en comparación con los millares de años que necesitó nuestro
antepasado para aprender a hacerlo. Es cierto que cuando aun vivía en las copas
de los arboles, bajaban algunas veces al suelo por un rato.
Mientras ocurrían todas estas cosas, el clima
de la tierra iba cambiando gradualmente. Las extensiones heladas del lejano
norte se iban desplazando hacia el sur. Las montañas hacían bajar aguas más
frescas en el hogar selvático de nuestro antepasado y los inviernos iban siendo más fríos. El
clima era todavía cálido pero ya no podía decirse que fuera tórrido.
El límite de la selva tropical siguió
desplazándose cada vez más hacia el sur. Y los habitantes del bosque se
trasladaron al sur con la floresta. El mastodonte abuelo del elefante,
desapareció. El tigre de dientes como sables se hizo cada vez más raro.
Donde antiguamente había existido una
intrincada maraña de maleza, aparecían ahora espacios descubiertos entre los
arboles donde se apacentaban grandes manadas de ciervos y rinocerontes. De los
monos, algunos quedaron y otros desaparecieron.
No era fácil adaptarse a estas nuevas
condiciones. El alimento apropiado para los monos escaseaba constantemente.
Había menos vidas y era más difícil encontrar bananos e higueras. También se
dificulto mas viajar por los bosques, de uno a otro árbol.
Pero nuestro antepasado no podía elegir a su
gusto. El hambre lo hacia salir de los arboles. Cada vez con mayor frecuencia
tenia que bajar de ellos y vagar por el suelo en busca de algo que comer, de
algo que en otro tiempo ningún mono hubiera pensado llevarse a la boca.
¿Y que significaban para los animales
salvajes todos estos cambios de abandonar las jaulas a las cuales estaban
habituados y de salir del mundo selvático al cual estaban adaptados? Eso
implicaba la modificación de todas las normas del bosque, la ruptura de las
cadenas que atan a los animales salvajes de los lugares que ocupan en la
naturaleza.
Si el no hubiera modificado todos sus hábitos
y costumbres, habría tenido que irse al sur con los otros monos. Pero en ese
tiempo ya era diferente de todos los demás porque podía hallar alimentos con
ayuda de colmillos y garras de piedra y de madera. Si era preciso, podía
pasarse sin las jugosas frutas meridionales que estaban escaseando cada vez más en el bosque.
Y el hecho de que los arboles se estuvieran alejando mas y mas no lo preocupaba
tanto. Ya había aprendido a correr por el suelo y no temía a los espacios
descubiertos, sin arboles. Si le ocurría tropezar con un enemigo, disponía de
su palo y de su piedra y además no estaba solo. Toda la banda de “gente a
medias” solían defenderse juntos y todos tenían palos y piedras.
Las inclementes estaciones que se sucedían
ahora no le causaban la muerte a nuestro antepasado, ni lo obligaban a
retirarse con la retirada de los bosques tropicales. Eso solo apresuraba su
transformación en ser humano.
Y, ¿qué sucedió a nuestros parientes, los
monos?
Se retiraron con el bosque tropical y de ese modo siguieron siendo moradores de la
selva. Tenían que retirarse. No se había desarrollado como nuestros
antepasados. No había aprendido a usar instrumentos.
De ese modo se separaron los caminos del
hombre y de sus parientes. El hombre fue mas lejos que cualquiera de los demás.
Con buen fin había aprendido a caminar y trabajar.
El hombre no aprendió enseguida a caminar en
dos pies. Al principio sus pasos eran desgarbados y torpes.
¿Cuál era el aspecto del hombre, o mas bien,
del hombre mono en aquellos primeros días de su existencia?.
Un famoso hombre de ciencia, Haedkel sugirió
una hipótesis. No seria posible que los huesos de este hombre mono, o del
pitecántropo, para decirlo científicamente, se pudiera encontrar en el Asia del
sur.
Indico en el mapa el lugar donde, en su
opinión, podrían haberse conservado los huesos del pitecántropus, es decir, en
las islas sonda.
Muchas personas pensaron que esta idea no era
más que una opinión sin fundamento alguno. Pero había un hombre que estaba tan
convencido de que era correcto que decidió suspender su trabajo e irse a las
islas Sonda y buscar los huesos de esta criatura hipotética. Era el doctor
Eugenio Dubois, anatomista de la Universidad de Amsterdam.
Dubois no era de los que abandonan algo que
hubiera empezado. No pudiendo encontrar su pitecantropus en Sumatra, decidió
probar suerte en Java, otra isla del grupo de las Sonda.
Y allí por fin lo favoreció la suerte.
En el lecho del rio Bengawan, en las lomas de
las colinas de Kendeng, hallo dos dientes, un fémur y la parte superior del
cráneo del pitecantropus.
Lo que se ofreció a su mente cuando concibió
la cara de su antepasado y trato de imaginarse como eran las facciones que no
habían, fue una frente estrecha, inclinada de fuerte y abultadas cejas debajo
de las cuales habían estado los ojos. Más parecía el hocico de un mono que la
cara de un hombre. Pero cuando examino el interior del cráneo se convenció de
que el pitecantropus era más inteligente que cualquier mono. El tamaño de la
fosa cerebral era más grande que la de un mono, el animal más cercanamente
emparentado con el hombre.
Un pedazo de cráneo, dos dientes y un fémur.
Eso no es mucho. Sin embargo, estudiándolos, Dubois pudo establecer muchos
hechos. Del examen cuidadoso del fémur y de las señales apenas visibles que
dejaron en el los músculos, llego a la conclusión que el pitecantropus ya había
aprendido a caminar, en cierta forma, pero que no había dejado completamente de
andar a cuatro patas.
Pudo imaginarse cual debió ser el aspecto de
su antepasado, como debió haber vagado por la región boscosa, encorvado,
dobladas las piernas en las rodillas, con los largos brazos colgantes, sus ojos
profundamente implantados debajo de las cejas salientes, miran hacia abajo…
para ver si puede hallar algo de comer.
Este no es ciertamente un mono, pero no es
aun un hombre. Dubois resolvió dar nombre a su hallazgo, así que lo bautizo
“pitecantropus erectus”, porque en comparación con un mono, caminaba erguido.
Durante cinco años fueron embarcados para
Europa 300 cajas de huesos de animales prehistóricos que había vivido en la
ribera del rio. Los científicos que se entregaron al trabajo de seleccionarlo pudieron
encontrar tres pedazos de fémur que podrían pertenecer a un pitecantropus.
Pasaban los años y la gente aun dudaba de la
existencia del pitecantropus. De pronto un científico encontró el siguiente
eslabón de la cadena, es decir, el que debía insertarse entre el pitecantropus
y el hombre.
Hace cuarenta años llego este hombre de
ciencia a una botica de Peiping buscando una medicina china, sobre el mostrador
estaba desplegada una gran colección de objetos: una raíz de ginsen que parecía
un esqueleto humano y a la cual se le atribuían virtudes curativas, una
cantidad de huesos, dientes de animales y amuletos de todas clases.
Entre los huesos encontró el científico un
diente que evidentemente no era de animal y que sin embargo difería mucho de
los dientes del hombre contemporáneo, compro este diente y lo envió a un museo
europeo donde fue prudentemente catalogado como “Diente Chino”.
De manera muy casual fueron encontrados otros
dos de esos dientes unos veinte y tantos años después en la cueva de Chou-Ko-Tien,
no lejos de Peiping y poco después se encontró al dueño de los dientes, a quien
los hombres de ciencia bautizaron “Sinantropus".
Para ser exactos, no lo encontraron enteros,
sino en forma de una colección de toda clase de huesos. Había 50 dientes, 3
cráneos, 11 mandíbulas, un trozo de fémur, una vértebra, una clavícula, unos
huesos de la muñeca y un pedazo del hueso del pie.
Esto no quiere decir, naturalmente, que el
habitante de la cueva tuviera tres cabezas y una sola pierna. Hay una
explicación mucho más sencilla que en la cueva no vivía un solo Sinantropus,
sino toda una partida de ellos.
En el curso de centenares de millares de años
se perdieron muchos de los huesos. Quizás se los llevaron las bestias salvajes.
Pero por lo huesos que quedaron es fácil imaginar era el aspecto de los
habitantes de la cueva.
Si ustedes se hubieran tropezados con él,
probablemente habría huido aterrorizados. Con su cara echada hacia adelante,
con sus colgantes y largos brazos peludos todavía se parece muchísimo a un
mono. Pero si a primera vista lo confundieran con un mono, cambiarían de
opinión. Ningún mono camina erecto, al estilo del hombre, ningún mono tiene una cara tan semejante a un
rostro humano. Ningún mono forma hogueras o hace instrumentos de piedra.
¿Cómo se sabe que el Sinantropus podía
fabricar instrumentos de piedra y sabía utilizar el fuego?
La cueva de Chou-Kou-Tien nos da la respuesta
a esta pregunta. En el curso de las excavaciones fueron halladas en ella muchas
otras cosas, además de huesos: una gruesa capa de cenizas mezcladas con tierra y
un montón de toscos instrumentos de piedra.
Fueron sus manos las que hicieron tan audaz
al hombre. Aquella piedra que había alzado, aquel palo que empleo para
desenterrar el alimento, también podían defenderle. El primer instrumento del
hombre llegó a ser su primera arma.
Por otra parte, él nunca andaba solo por el
bosque. Una partida completa, toda armada de piedra y palos, resistía unida los
ataques de una bestia salvaje.
Y luego no deben olvidar ustedes el fuego.
Con él ahuyentaba el hombre a la más peligrosa bestia salvaje.
Una vez que hubo roto las cadenas que lo
ataban a los árboles, el hombre pasó de las copas de los árboles al suelo, del
bosque a los valles.
Sus huellas nos llevan hasta allí.
No nos referimos a las pisadas. Las huellas
de que hablamos son las obras de las manos.
Hace unos cien años estaban excavando unos
trabajadores en la cuenca del río Somme, en Francia. Estaban sacando arena,
grava y piedra depositadas por el rio en tiempos remotos.
Observaron una cosa muy extraña: algunas de
las piedras no estaban pulidas. Por el contrario, eran irregulares, como si
hubieran sido cortadas por dos lados.
Un hombre de ciencia, Boucher de Perthes,
habitante de la región, tuvo noticias de estas piedras extrañamente talladas.
Boucher de Perthes concluyó al instante que
la única posibilidad consistía en que aquello fuera obra del hombre. Se
emocionó grandemente con su nuevo descubrimiento. Es cierto que no eran
verdaderos vestigios del hombre primitivo, pero eran sus huellas, las huellas
de su trabajo. Evidentemente ésta no era obra del río sino de la mano humana.Pero,
¿dónde se encontraba el hombre primitivo? Boucher de Perthes no había hallado
rastros de sus huesos en parte de alguna.
Entonces comenzó la lucha. Boucher de Perthes
fue atacado en todas direcciones, como lo había sido Dubois. Destacados
arqueólogos se dedicaron a probar que este aficionado anticuario de provincia
nada sabía de ciencias, que sus “hachas” de piedras eran una impostura y que su
libro debía ser prohibido porque contradecía las enseñanzas de la iglesia acerca
de la creación del hombre.
Durante quince años continúo la guerra entre
Boucher de Perthes y sus enemigos, envejeció, se encaneció su cabello, pero
sostuvo firmemente la lucha y al fin obtuvo el triunfo. Los geólogos Lyell y
Prestwich vinieron en su ayuda. Fueron a la cuenca del Somme y examinaron
personalmente las excavaciones, estudiaron las colecciones de Boucher de
Perthes y después del más cuidados
examen declararon que los instrumentos encontrados por de Perthes eran
auténticos instrumentos del hombre primitivo que había vivido en Francia
durante la época de los mastodontes y rinocerontes.
Posteriormente el descubrimiento de Perthes
han sido encontrados muchos de estos instrumentos de piedra. Se hallan muy
frecuentemente en las orillas de los ríos donde hacen excavaciones para sacar
cascajo y arena.De ese modo la pala del trabajador actual tropieza en el suelo
con los instrumentos de aquellos tiempos en que el hombre apenas había empezado
a trabajar.
Los instrumentos de piedra más antiguos son
los cortados por ambos lados con otra piedra. Pero junto con éstos se
encuentran también los fragmentos, los pedacitos separados cuando la piedra se
despedazo.
Estos instrumentos de piedra son las huellas
de las manos a que nos referimos, las
huellas que nos conducen a los valles y a los bancos de arena de los ríos. Ahí
en los depósitos y en las playas de los ríos buscaba, el hombre los materiales
apropiados para sus garras y colmillos artificiales.Esta era una ocupación
claramente humana. Un animal puede buscar alimento o material para construir su
nido. Pero nunca se le verá buscando material para fabricarse garras y
colmillos artificiales.
Afortunadamente para nosotros el hombre
siguió otro camino. No esperó a que le nacieran palas en lugar de manos. Hizo una
y no sólo una pala, hizo un cuchillo también, un hacha y muchísimos
otros instrumentos.
Cuando el hombre comenzaba apenas a ser hombre
no hacia sus instrumentos, simplemente recogía sus dientes y garras de piedras
como nosotros recogemos hoy hongos y bayas.Durante largo tiempo vagó por las
playas de los ríos buscando piedras que hubieran sido pulidas y talladas por la
naturaleza.
Entre centenares de piedra. Solo unas cuantas
eran útiles al hombre.
Por lo tanto, el hombre mismo comenzó a tallar
las piedras de acuerdo con su conveniencia, empezó a fabricar instrumentos.
Esto es lo que ha sucedido muchas veces durante el curso de la historia de la
humanidad: el hombre ha remplazado algo que encontró ya hecho en la naturaleza
con un objeto manufacturado por él mismo. Construyó para si su propio pequeño
taller en uno de los rincones del gran taller de la naturaleza y allí fabricó nuevas cosas.
Cogía una piedra y la tallaba golpeándola
contra otra piedra. Al principio sólo obtuvo un tosco instrumento, apenas semejante a un hacha o a
una cuchilla de carnicero. Tal instrumento servía para cortar. Los fragmentos
de piedra podían utilizarse también cortar, raspar y hacer agujeros.
Los instrumentos más antiguos, hallados a
gran profundidad en la tierra, son tan semejantes a piedras que han sido
talladas por la naturaleza que es difícil determinar si el artesano fue el
hombre o el rio.
Pero se han encontrado otros instrumentos
acerca de los cuales no puede existir la menor duda. A lo largo de las playas y
de las riberas de los ríos donde se han hecho excavaciones, debajo de gruesas
capas de arcilla y arena, se han descubierto verdaderos talleres del hombre
primitivo, con una cantidad de hachas y fragmentos que eran utilizados como
instrumentos.
Tales instrumentos no se encuentran en la
naturaleza. Solo el hombre puede hacerlas.
De ese modo aparecieron por primera vez en la
tierra el propósito y el plan. El comenzó a perfeccionar poco a poco a la
naturaleza, a rehacerla, cuando perfecciono la piedra que aquella le había
dado.
Y esto hizo que el hombre subiera aun otro
escalón con respecto a los demás animales, le dio mayor libertad.
Pero ¿cómo podríamos llamar por el mismo
nombre al hombre actual y al Pitecantropus, que tanto se asemeja a un mono?
El sinantropus es un poco menos parecido a un
mono y sin embrago difícilmente se le puede llamar hombre.
El hombre de Heidelberg se acerca más a
nosotros. Es difícil decir cuál era su aspecto, porque todo cuanto ha quedado
de él es una mandíbula hallada cerca de Heidelberg. Pero, a juzgar por esta mandíbula, podemos decir que muy
bien podía llamársele hombre. Sus dientes no son los de un animal sino los de
un ser humano, ya no tiene colmillos salientes que sobresalen de los otros
dientes como sucede en la boca de un mono.
Pitecantropus, Sinantropus, hombre de
Heidelberg.
Podríamos alargar todavía esta lista de
nombres. Después del hombre de Heidelberg apareció el hombre de Eringsdof, posteriormente el Hombre de Neanderthal y después, el hombre de CroMagnon.
No podemos decir que nuestro héroe nació en
tal o cual año. El hombre no llego a ser hombre en un solo año centenares de
millares de años separan al Pitecantropus del Sinantropus y a éste del hombre contemporáneo.
Lo más difícil de todo es precisar el lugar
donde nació nuestro héroe. Al tratar de hacer esto hemos intentado indicar
donde vivió su abuela: esa antigua abuela fósil de quien desciende el hombre,
el gorila y el chimpancé. Los hombres de ciencia llaman Driopitecus a ese mono.
Pero al intentar hallarsu domicilio resultó que existían varias tribus:algunas
huellas conducían a la Europa central, otras, al África del Norte y otras al
Asia del Sur.
Quizás los instrumentos nos ayudarían a
establecer donde apareció el hombre por primera vez.Así es que tómanos un mapa
del mundo y marcamos en él los lugares donde habían sido encontrados estos
antiguos instrumentos, las toscas hachas de piedras y cuando acabamos quedó un
buen número de marcas en el mapa.
El hombre apareció por primera vez en el Viejo
Mundo y no en un solo lugar, sino en diferentes sitios.
Cuando empezó a fabricar instrumentos
introdujo en su vida una ocupación completamente nueva: el trabajo.
El hombre primitivo disponía de muy poco
tiempo libre, de muchos menos, que el hombre más ocupado de nuestros días.
Desde que amanecía hasta que anochecía
andaba por los bosques y por los espacios descubiertos del bosque
recogiendo alimentos, pertrechándose de todo cuanto podía comer él y sus hijos
recogiendo alimento y comiéndolo: así empleaba el hombre todas sus horas de
vigilia. Porque como comprenderán ustedes, necesitaba tener una gran cantidad
de la clase de alimentos que comía. Es preciso comer más cuando la comida
consiste enteramente de bayas, nueces, retoños, hojas, larvas y de ricos
bocados por el estilo.
Y si tenía que pasar todo el día buscando
comida y comiéndola. ¿Cuándo podía trabajar?
Tenía que pasar muchas horas tallando su
instrumento, pero después era mucho más fácil sacar las larvas de debajo de la
corteza con este instrumento afilado.
De
este modo se recolectaba más fácilmente el alimento, lo cual significaba que el
hombre disponía de más tiempo para trabajar, las horas que no tenía que emplear
buscando comida las dedicaba ahora a fabricar sus instrumentos. Continuó
haciéndolos mejores y más afilados y cada nuevo instrumento le reportaba mayor
cantidad de comida.
Pero al principio no tenía con frecuencia
carne para comer. No podía matar animales grandes con un palo o con una piedra
y un ratón de monte no tiene mucha carne.
El hombre no era todavía un verdadero
cazador. Era un recolector. Si no moría de hambre era únicamente porque comía
cuanta cosa comestible encontraba y porque pasaba todo el día buscándola.
Por alguna causa, la cual no se ha
descubierto todavía, las tierras heladas del norte comenzaron de nuevo a
desplazarse hacia el sur. Grandes ríos helados, glaciares, se deslizaban por
las faldas de las laderas y por los valles, abriendo surcos y canales en las
faldas de las montañas, destrozando las cumbres de las colinas rompiendo y
arrollando riscos enteros, arrastrando consigo montones de despojos. En su
parte delantera el hielo derretido de los glaciares formó corriente de agua que
cubrieron a las montañas y abrieron cauces en la tierra.
Varias veces antes las tierras heladas del norte
se había deslizado hacia el sur. Pero
esta vez había llegado más lejos que antes. En la Europa Occidental llegaron a
las montañas del centro de Alemania y casi cubrieron a las Islas Británicas. En
las Américas del Norte llegaron más al sur de los Grandes Lagos.
No avanzaban aprisa. Su helado aliento no se
sintió inmediatamente en aquellos lugares habitados por el hombre. Los animales
que vivían en el mar sintieron este aliento helado antes que los habitantes de
la tierra.
Los bosques de abeto del norte se desplazaron
al sur. A medida que se retiraban, comenzaron a penetrar en los bosques
frondosos. Se inició una gran guerra milenaria de los bosques.Hoy también están
en guerra los bosques. El abeto y el álamo también se hacen constantemente la
guerra. Al abeto le gusta la sombra, al álamo también le agrada la luz.
Un bosque, al mismo tiempo que muere, renace
como un mundo completo, indivisible, no como una simple agrupación casual de
vegetación y de vida animal. Eso fue lo qué ocurrió durante la Edad de Hielo.
Cuando desaparecieron los árboles, los
arbustos y las hierbas, los animales que se habían alimentado de esta
vegetación y que encontraban refugio bajo sus ramas protectoras, quedaron sin alimento
y sin amparo. Y estos animales arrastraron consigo en su desgracia a otros
animales, a las bestias de presa porque cuando quedaron pocos animales
herbívoros, las bestias de presa que vivían de ellos murieron también de
hambre.
Unidos entre sí por la “cadena de alimentos”,
los animales y las plantas perecieron juntos cuando desaparecieron sus bosques.
La única forma de sobrevivir consistía en
romper la cadena, en cambiar la forma de sus garras y de sus dientes, en criar
lana para protegerse del frio.
Pero sabemos cuán difícil es que un animal se
transforme. Para eso se requiere el trabajo de dos artífices: la herencia y la
variación. Y estos dos artífices trabajan con suma lentitud.
Así, los antiguos habitantes de las selvas,
los cuales estaban desapareciendo, tenían que luchar también contra nuevos
amos.
¿Y el hombre?, ¿Qué fue de él?
El hambre, el frio y los animales salvajes
los amenazaban de muerte.Pero el mundo no se estaba acabando, solo se estaba
transformando. El mundo anterior estaba llegando a su fin y estaba naciendo un nuevo mundo.
Para sobrevivir en el nuevo y cambiante mundo
el hombre tenía que cambiar también. Su antiguo alimento había desaparecido.
Tenía que aprender a obtener nuevas clases de sustento. Las duras piñas de
abeto y pino no eran apropiados para sus dientes, acostumbrados a las jugosas
frutas de los bosques del Sur.
El clima se hacía más frío constantemente. El
sol parecía haber desamparado al mundo y el hombre tendría que aprender a vivir
sin el calor de sus rayos.
Debía de convertirse en otra clase de
persona, y aprisa, además.
El hombre era la única criatura viviente que
podía hacer esto. Como ustedes saben, ya él había aprendido desde antes a
transformarse.
El adversario del hombre, el tigre con
dientes como sables, no podía hacerse una gruesa capa de piel. El hombre podía.
Todo cuanto necesitaba hacer era matar a un oso y quitarle la piel.
El tigre con dientes como sables no podía
hacer fuego. El hombre podía. Ya sabía utilizar el fuego. Había llegado al
punto en que podía transformarse y corregir a la naturaleza.
La tierra que pisamos es como enorme libro.
Cada capa de la corteza terrestre (cada estrato de depósitos) es una página.
Vivimos en la parte más alta, en la última de estas páginas. Las primeras
páginas están en lo profundo del fondo de los océanos y en las bases
subterráneas de los continentes.
Observen un corte a lo largo de la orilla del
rió. Entre los sedimentos dejados por la edad de hielo aparece una clara marca
negra. Esta marca la hizo el carbón.Si fuera la marca del incendio de un bosque
el material carbonizado se extendería en una amplia área y aquí solo hay una
pequeña capa de carbón. Solo una hoguera pudo haber dejado una capa pequeña. Y
sólo el hombre pudo haber construido una hoguera.
Y para que no haya dudas, cerca del fuego
encontramos otras huellas de la mano del hombre: instrumentos de piedra y los
huesos dispersos de animales matados en cacería.
Fuego y caza: ahí tenemos las dos cosas con
las cuales se enfrentó al hielo.Aún en las partes más calurosas del mundo, el
hombre comenzó por aquel tiempo a agregar cada vez con mayor frecuencia carne a
su alimentación. La carne satisfacía más. Daba más fuerza y dejaba más tiempo
para trabajar. El creciente cerebro del hombre necesitaba un alimento nutritivo
como la carne.
A medida que el hombre perfeccionaba sus
instrumentos, la caza iba ocupando un lugar más importante en su vida.
Es cierto que durante los muchos millares de
años que separan al hombre cazador del hombre recogedor, había cambiado sus
instrumentos de piedra, habían llegado a ser más agudos y mejores. Para hacer
un cuchillo de piedra o una punta de piedra para el asta, el hombre tenia que
tallar primero la parte exterior, pulir después las sinuosidades e
irregularidades, reducir la piedra a laminas, finalmente, darles a estas
laminas el borde afilado que necesitaba.
Para fabricar un cuchillo de material tan
inadecuado como la piedra, se necesita una gran habilidad y mucho tiempo. Por
lo tanto, una vez que había fabricado semejante utensilio, el hombre no lo
tiraba después de usarlo; lo cuidaba mucho y lo afilaba cuando perdía el filo. Conservaba
su instrumento porque valoraba su trabajo y su tiempo.
Pero por más que se haga, una piedra sigue
siendo piedra. Un asta con una punta aguda era un arma poco eficaz cuando era
preciso entendérselas con un animal como el mamut. Porque el mamut tenia la
piel tan fuerte como una coraza de acero.
No fue el hombre, sino la gente con su fuerza
combinada quien aprendió a fabricar instrumentos, a cazar, a hacer fuego a
construir casas, a rehacer el mundo.
Pero un cambio trae otro consigo. Una vez que
el hombre comenzó a almacenar provisiones, tuvo que permanecer mayor tiempo en
un mismo sitio. No podía cambiar de lugar tan fácilmente porque no podía
arrastrar a todas partes consigo el cuerpo de un mamut.
Hubo otras causas, además, por las cuales
tuvo el hombre que dejar de ser un nómada sin hogar. Antes cualquier árbol
podía servirle de refugio durante la noche, protegerlo de las bestias de presa.
Ahora no les temía tanto a estas. Tenía otro enemigo- el frio- y le era preciso
disponer de un refugio seguro para protegerse contra este nuevo enemigo.
Al fin llego el tiempo en que el hombre
comenzó a crearse su pequeño mundo caliente dentro del enorme y frio mundo.
A la entrada de una cueva o debajo de algún
peñasco saliente construía para si su pequeño cielo privado con pieles y ramas,
bajo el cual no había lluvias, ni nieves, ni viento.
Al explorar el suelo que ha conservado las
huellas de la obra de manos humanas, al examinar los cuchillos y los raspadores
de piedra, al lugar en el carbón que hay sobre el fogón donde hace tanto tiempo
se apago el fuego, vemos claramente que el fin del mundo anterior no fue el fin
del mundo para el hombre, porque el hombre logro crear su propio pequeño mundo.
En los campamentos de los cazadores de
bisontes y mamuts se encuentran generalmente dos clases de instrumentos de
piedra uno grande y otro pequeño. El más grande es una pesada piedra triangular afilada por dos caras. El pequeño
es una lámina larga y delgada con un borde afilado, recortado de un pedazo más
grande de piedra.
Evidentemente cada uno de estos instrumentos
tiene uso especial de otro modo no habrían sido tan diferentes.
Los dos están afilados. Eso quiere decir que
eran usados para cortar o partir. Uno es más grande y más pesado que el otro.
Eso significa que estaba destinado a un trabajo más rudo. Por su aspecto se
puede comprender que su manejo requería mucha fuerza.
El trabajo se iba haciendo mas complicado.
Para desempeñarlo con mayor eficiencia, una persona tenía que hacer una cosa, y
otra persona alguna otra cosa. Mientras los hombres estaban siguiendo la pista
de su presa y persiguiéndola, las mujeres no estaban sentadas ociosas, sino
construyendo chozas, recogiendo raíces, ocupadas con las provisiones.
Y había otra división del trabajo: la
existencia entre jóvenes y viejos.
Para realizar cualquier clase de trabajo, era
preciso aprender a ejecutarlo.
Cuando más progresamos tanto más tenemos que
aprender. Cada nueva generación recibe de la precedente un caudal mayor de
conocimiento, de información, de descubrimiento. Esto es lo que llamamos
cultura en antropología, la herencia social del hombre.
El hombre no nace artesano. Aprende a serlo.
Un animal adquiere por herencia de sus padres
todos sus instrumentos y el conocimiento relativo a su uso, en la misma forma
en que hereda de ellos el color de su piel y la forma de su cuerpo.
Pero el hombre fabrica sus propias
herramientas; no nace con ellas. Eso quiere decir que no hereda de sus padres
el conocimiento del uso de sus instrumentos, sino que tiene que adquirirlo de
sus maestros y de los mayores durante el curso de trabajo.
La gente no nace con hábitos formados. Estudia
y aprende, y cada generación agrega al o al caudal común de la experiencia
humana. La experiencia crece más y más. La
humanidad continúa dejando cada vez más atrás las limitaciones a su
conocimiento.
El trabajo de las mujeres teníaque ser
aprendido también. Una mujer tenia que ser no solamente ama de casa, sino
también arquitecto, leñadora y sastre.
En cada tribu había hombres y mujeres viejos,
expertos quienes transmitían las experiencias de sus vidas largas y laboriosas
a la nueva generación. Pero, ¿Cómo
transmitían a los demás su conocimiento y su experiencia? Enseñando y relatando
y por eso necesitaban el lenguaje.
Los escritos que nos dejaron esta gente en la
antigüedad van siendo cada vez difíciles de comprender, más misteriosos a
medida que penetramos más profundamente. Por ultimo desparece la escritura. Las
voces del pasado han enmudecido completamente.
Buscamos las huellas del hombre en la tierra.
Excavamos las tumbas olvidadas, examinamos los instrumentos antiguos, las
piedras de los edificios que hace tiempo se derrumbaron, el carbón de las
hogueras apagadas desde hace muchos años.
El hombre de Neanderthal. Como vemos ahora
tiene otro nombre y otras características su columna vertebral se ha enderezado,
sus manos se han vuelto más flexibles su cara se ha hecho más humana.
Cuidadosas mediciones del cráneo del hombre
de Neanderthal demuestran, sin posibilidad de dudas, que su cerebro era mayor
que el del pitecantropus.
Evidentemente aquellos millares de años de
trabajo no fueron en vano. Transformaron completamente al hombre, en especial
su cabeza y sus manos. Porque sus manos eran las que tenían que ejecutar el
trabajo y su cabeza tenía que dar las ordenes.
A medida que trabajaba en su hacha de piedra,
que daba nueva forma a la piedra el hombre se esta transformando
inconscientemente a si mismo, rehaciendo sus propios dedos, dándoles movilidad
y habilidad mayores. Estaba reconstruyendo su cerebro también, el cual se iba
volviendo más complejo constantemente.
Al examinar al hombre de Neanderthal se da
uno cuenta en seguida de que el no es un mono.
Su frente estrecha cae por encima de sus ojos
como la visera de una gorra. Sus dientes se proyectan hacia afuera.
En lo más que se diferencia del hombre actual
es en el mentón y la frente. Su frente se inclina hacia atrás y apenas tiene
mentón.
Dentro de su cráneo de frente estrecha
faltaban algunas partes del cerebro del hombre actual. Y la quijada inferior,
con el mentón tirado hacia atrás, no se adaptaba todavía al habla humana.
Un hombre con tal frente y con semejante
quijada inferior no podía pensar ni hablar como lo hacemos nosotros.
Sin embargo, tenía que hablar. Era necesario
para el trabajo en común. Cuando la gente trabaja junta tiene que ponerse de
acuerdo acerca de su trabajo. El hombre no podía esperar hasta que su frente se
enderezara y su quijada inferior se hiciera más grande. Habría tenido que
esperar mil años.
Se expresaba lo mejor que podía con todo su
cuerpo. Aun no tenía un órgano especializado para hablar, por lo cual hablaba
con su cuerpo: hablaban los músculos de su cara, sus hombros, sus piernas y sus manos hablaban más que todo.
En lugar de decir “corta”, hacia un gesto con
sus manos. En vez de decir “dame”, tenia la mano con la palma hacia arriba.
Para decir “ven acá” ejecutaban un ademan
hacia el. Y al mismo tiempo ayudaba a sus manos con la voz, rugía, gemía y
gritaba para atraer la atención de la persona a quien estaba hablando, para
hacerla observar los gestos que estaba haciendo.
Al principio había gestos y alaridos. Estas
señales, recibidas por medio de los ojos y los oídos, eran transmitidas al
cerebro del hombre, como a una estación central telefónica. El cerebro, tan
pronto captaba la “señal de una señal”, tal como “se acerca un animal”,
contestaba con un orden: a las manos, para que agarraran firmemente la lanza, a
los ojos para que escudriñaran entre las ramas, a los oídos, para que
escucharan atentamente el crujido de una rama o el susurro de las hojas. El
animal no estaba visible todavía; aun no lo había oído, pero el hombre estaba
alerta para enfrentársele.
Cuanto mayor era el número de gestos, con
tanta mayor frecuencia eran transmitidos al cerebro estas “señales de señales”
y tanto mayor era el trabajo de la estación central que esta situada en la
parte frontal del cráneo humano. Y esto hacia necesario ensanchar la estación
central. En el cerebro se continuaron formando nuevas células. Las conexiones
entre estas células se volvieron cada vez mas complicadas. El cerebro creció,
aumentó de tamaño.
Por eso el cerebro del hombre de Neanderthal
es más grande que el del pitecantropus. El cerebro del hombre se había
desarrollado. El hombre había aprendido a pensar.
El trabajo en común enseño a los hombres a
hablar y al aprender a hablar
aprendieron también a pensar.
El hombre no obtuvo su inteligencia como un
don de la naturaleza, la conquistó. Mientras había muy pocos instrumentos y no
era muy grande la experiencia del hombre, los gestos mas sencillos eran
suficientes para todos los propósitos prácticos.
Pero a medida que el trabajo se complico se
hicieron mas complicados también los gestos. A cada cosa había de corresponder
su propio gesto y éste tenia que
descubrir y representar con exactitud lo que expresaba.
Así nació la figura - gesto. El hombre
dibujaba en el aire un animal, un arma, un árbol.
El lenguaje mímico era pobre y rico al mismo
tiempo, era rico porque era vívido
porque claramente representabacosas y hechos. Era pobre
porque mientras que con un solo gesto se podía decir “ojo derecho” u “ojo
izquierdo”, era mucho mas difícil decir simplemente “ojo”.
Se podía describir con exactitud una cosa por
medio de gestos, pero era completamente imposible expresar una abstracción con
cualquier clase imaginable de gestos.
El lenguaje mímico tenía otros defectos,
además. No se podía hablar de noche pues por mas violentamente que se movieran
las manos en la oscuridad, nadie las verían.
Y aun durante el día no siempre era posible
hablar con gestos. En la llanura la gente podía comunicarse por medio de
ademanes pero en los bosques, cuando los cazadores estaban separados por una
muralla de arboles, la conversación resultaba totalmente imposible.
Por lo tanto, el hombre tuvo que expresarse
por medio de sonidos.
Al principio el lenguaje articulado era muy
semejante al mímico. Era también una representación que describía todo, cada
movimiento, clara y vívidamente.
El gesto – figura se completo con la palabra
figura.
Así aprendió a hablar el hombre: primero por
medio de gestos y después con palabras.
Se han sucedido las generaciones. Pueblos y
tribus han desaparecido sin dejar rastros, se han disipado en el polvo y no han
dejado tras si monumento alguno en forma de ciudades y aldeas.
Parecía como si nada podía resistir la fuerza
aniquiladora del tiempo. Pero la experiencia humana no ha desaparecido.
Venciendo al tiempo, continúo viviendo en el lenguaje, en la técnica, en la ciencia.
Cada palabra de un idioma, cada movimiento en el trabajo, cada concepto
científico, constituyen la experiencia acumulada y combinada de generaciones de
hombres.
Cuando contemplamos la larga sucesión de los
millares de años que separan al hombre del mono, no podemos más que recordar
aquellas sabias palabras de Federico Engels “El trabajo creo al hombre”.
Resumen
del libro Como el hombre llegó a ser
gigante de
M.ILLIN
Y SEGAL (SF).
No hay comentarios:
Publicar un comentario